Aprender es compartir lo común

Conversatorio 26/05/2021

La educación es un dispositivo central para la construcción de la narrativa del Estado y del Desarrollo, por ejemplo, la inversión anual en este campo es un índice del desarrollo de cada Estado. La educación es propiamente una herramienta de control y adoctrinamiento: preguntarse cómo desarticularla significa necesariamente preguntarse cómo desarticular también la política del sistema de partidos.

La crítica al sistema educativo afecta a las instituciones escolares y a la sociedad en su conjunto, por ejemplo, la propia Unitierra surge de una crítica indígena del sistema de educaciòn, pero, como escribe Ivan Illich, es importante darse cuenta de que es toda la sociedad la que nos educa continuamente: incluso mientras dormimos nos bombardean, en todo momento hay alguien que intenta convencernos o vendernos algo, desde anuncios hasta sencillas conversaciones cotidianas. Los medios de comunicación en particular juegan un papel muy importante en este sentido, como presagia George Orwell en su “1984” con el Gran Hermano. La pandemia ha marcado un nuevo pico en esta dirección, con la educación impartida a través de Internet y de la televisión. Especialmente de niños, todoas absorbemos como esponjas: parece que no tenemos capacidad de resistencia a esta ofensiva en curso. Además, a veces nosotroas mismoas enseñamos patriarcado y capitalismo, porque las estructuras del sistema pueden estar increíblemente arraigadas, ocultas y normalizadas. El sistema dominante intenta por todos los medios sobrevivir y para ello se reproduce en cada espacio que encuentra. Cuando los padres se preguntan “¿dónde aprendió x cosa mi hijoo? Ciertamente no en casa ”, se dan cuenta de que tan difundida está la educación. Somos manipuladoas por un sistema que intercambia aprendizaje con condicionamiento.

La movilización de las y los normalistas de Chiapas y la violenta represión que las y los golpeó, nos muestra cómo la Normal Rural puede transformarse en un instrumento de lucha. El proceso del levantamiento chileno, que comenzó con un poderoso “¡Ya basta!” de las jóvenes y que llevó a acabar con una constitución que se remonta a los años de la dictadura, ha producido interesantes procesos de asamblea comunitaria y sin embargo ha aterrizado en las urnas. La pregunta es en todos los casos: ¿cómo construir la autonomía?

Al fin, lo que hacemos aquí en Unitierra es aprender, pero lo hacemos de forma independiente y en libertad. El aprendizaje es una característica constante de la humanidad, al igual que la enseñanza, dijo Freire. Quizás sería más correcto sustituir la palabra “enseñar” por la de “compartir”, porque vivimos en una condición de intercambio constante y no hay otra forma de concebir la vida humana. El desafío es no estar atados a una sola forma de enseñar, que nos eduque en una única forma de existencia.

Frente a las críticas al sistema educativo, una objeción constante es que la escuela es una oportunidad para socializar. Solo podemos horrorizarnos por la condición de la sociedad en su conjunto si la socialidad se relega a un espacio rígido y formal como la escuela. Nos damos cuenta de la gravedad de la situación si pensamos que durante la pandemia los niños estaban entre las personas que más sufrieron, en particular por las múltiples formas de violencia que con demasiada frecuencia se producen en el hogar. Generaciones muy jóvenes atrapadas entre el despotismo familiar y el despotismo escolar. Las escuelas y las universidades son espacios desprovistos de cualquier valor de solidaridad o amistad: son lugares capitalistas donde el único valor es el dinero, como cualquier otra institución de este sistema. Incluso en

una cárcel de máxima seguridad se pueden dar formas de solidaridad, sin embargo esto no nos lleva a la esperanza de acabar en la cárcel, de la misma manera en la escuela puede haber personas o experiencias positivas, pero eso no cambia la estructura de la institución. La paradoja es que en Oaxaca hay muchas universidades privadas por las que la gente paga a pesar de que ni siquiera está segura de conseguir un buen trabajo en la actual estructura socioeconómica global. En primer lugar, es necesario romper con la creencia profundamente arraigada en la mente de los padres de que la escuela es una herramienta para lograr algo en la vida.

Construir una sociedad sin escuela significa hijos libres, pero también padres libres: no es fácil, se trata de hacer un gran esfuerzo para construir otro tipo de vida. El experimento que más va en esta dirección es el de las escuelitas zapatistas, donde no hay currículos y donde los niños deciden lo que quieren aprender. Sin embargo, la dirección es la de la abolición de cualquier forma de escuela.

Fuera de la escuela, de hecho, cuando un niño ve a otro haciendo algo que él no puede hacer, le pide que le enseñe y el que comparte sus habilidades no está pensando en algo como “Quiero darte una educación para configurarte en una determinada manera”, màs bien se trata de una situación de aprendizaje libre. Esta debería ser la matriz de cualquier relación de intercambio de aprendizaje que debería caracterizar cualquier ocasión en la que alguien elija aprender algo de otro. Aprender debe ser siempre por gusto y nunca por obligación, se trata de dar y recibir libremente sin relaciones de poder ni mercantiles, como cuando se aprende de los abuelos sabios: es un don. Eliminar cualquier institución educativa significa aprender viviendo el mundo comunitario. No hay comparación entre educar a un niño sentado durante horas en un escritorio en un salón de clases frente a un maestro o aprender en libertad en la comunidad. La pandemia ha sido una oportunidad para que muchos niños caminen por la comunidad y aprendan lo que les interesa de aquellos que son buenos en algo: un tío que habla muy bien, una abuela que cocina, una vecina que construye una casa, una tía que siembra… .

Como dice Illich, si queremos cambiar la sociedad, necesitamos contar una historia alternativa. Antes de contarla, pero, es necesario hacer una historia alternativa y la historia es ahora mismo, comenzando por cómo construimos nuestra vida diaria. Esta es una apuesta complicada, porque la censura es el arma que usa el poder contra cualquier forma de narrativa alternativa. Por ejemplo, en Portugal se acaba de proponer una ley denominada de “protección contra la desinformación” que legaliza la censura por parte de una autoridad a cargo de esta tarea y que representa un grave atentado al derecho a conocer.

Las y los zapatistas son el ejemplo más claro de lo que significa hacer y contar una narrativa diferente, pero la propia Oaxaca está llena de experiencias en este sentido. No se trata solo de los intelectuales, sino de muchas personas en las comunidades que practican y hablan sobre diferentes opciones y construyen las consiguientes formas de aprendizaje. La difusión de Internet ha permitido multiplicar la comunicación y la posibilidad de narrar. Hace treinta años, solo muy pocos podían publicar un libro, ahora en la red hay muchas historias de las comunidades y de las personas que viven en ellas. En este sentido, el C.N.I. es un maestro. La misma Unitierra, con el programa de radio “Crianza Mutua”, conoció las voces de vivencias y narrativas que narran la vida en un otro mundo posible, como es el caso de las parteras quienes afirman rotundamente que dar a luz en casa con ellas es un acto político. Detectar

estas narrativas es una tarea sumamente importante, porque se trata de darle voz y amplificarlas. Por el contrario, las universidades a menudo se apropian de las experiencias y narrativas comunitarias y, en el mejor de los casos, practican el “extractivismo solidario” para difundirlas. No necesitamos pedir ni esperar espacio para nuestras narraciones: en Oaxaca hay muchas radios comunitarias, ya estamos tomado el espacio. Cuando nos acusan de “desinformación”, debemos afirmar que si la información es como la entiende el poder, entonces sí, desinformamos. El terreno de la comunicación es un terreno de disputa, porque ningún medio es imparcial. Como escribe Mark Twain, el peligro no proviene de lo que no conocemos, sino de lo que pensamos que sea. Tenemos que preguntarnos qué tan disponibles estamos para descolonizarnos, para hacer posible lo que antes parecía imposible. Es necesario deconstruir las narrativas dominantes y cambiar nuestras relaciones cotidianas, aprender a escuchar, mucho más que a sentir, a ponernos lo más posible en la piel del otro. Debemos seguir cuestionandonos y desmantelando la narrativa que nos coloniza, mientras construimos la alternativa: avanzando caminamos.

Un graffiti en la colonia Volcanes dice: “Resistir no es aguantar, si no proponer otro y más bonito”: es importante no limitarse a la narrativa del victimismo, sino contar la parte creativa. Muchos periodistas que trabajan en contextos muy duros de guerra o desaparición se sienten asfixiados a fuerza de denunciar la violencia y por ello tratan de darles la vuelta para transmitirles fuerza y alternativa.

Es importante empezar compartiendo historias y luego convertirlas en narrativas distintas a las hegemónicas, dejando de creer en estas últimas. Por ejemplo en Comitancillo un grupo de mujeres comenzó a escuchar y recopilar las historias de las abuelas y los abuelos, sobre cómo nació y se transformó la comunidad, reconstruyendo también la misma historia de las mujeres y el conocimiento de los lugares sagrados que se estaba perdiendo. Algunas de ellas han asociado la palabra “sanación” con la de “salud”, otras con el tema de la construcción de comunidad: las nuevas narrativas son procesos curativos.

La información clara es importante para comprender los problemas colectivos y los puntos de fuerza individuales y colectivos. Nos cortaron la lengua, nos quitaron la comunidad, ahora se trata de construir procesos radicales de re-aprendizaje. Las narrativas se construyen a partir de las emociones que nos llevan a la acción y es en el espacio de la amistad política donde esto puede suceder: compartir en el corazón lo que queremos sanar y actuar a partir de la coincidencia de corazones. Se trata de poner en el centro lo que se tiene en común, una magia que se rompe cuando se intenta de institucionalizarla. Cuando Illich escribe que si todavía hay un espacio para la política esto es en el espacio de la amistad, nos está diciendo que la política se trata de supuestos comunes, algo inalcanzable en la sociedad capitalista o si consideramos una gran escala geográfica como un estado o una nación. Sin embargo, es posible definir lo que tenemos que en común en una comunidad. Illich también nos dice que la amistad que permite la política es la auténtica, la profunda. En esta amistad podemos definir lo común.

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