El terremoto y la conmoción

    La tragedia se profundizó cuando se hizo enteramente evidente la increíble corrupción, incompetencia, oportunismo e irresponsabilidad de las autoridades, los partidos y los políticos. Y se hizo aún más dolorosa cuando se descubrió que también abajo, entre la gente local, apareció la rapiña oportunista.

    Miles de personas duermen ahora en la calle, por temor a nuevos temblores –ha habido más de cuatro mil réplicas- o a que les roben lo poco que quedó en sus casas dañadas o hasta los materiales útiles para la reconstrucción. En el Istmo de Oaxaca enfrentan también la escasez de maíz y frijol, la comida básica, por los ciclones previos que afectaron los cultivos. La bendición del agua se ha convertido en un grave problema, por las inundaciones y el desbordamiento de los ríos, tras la sucesión interminable de huracanes y ciclones.

    Pero el desastre también trajo consigo un viento de esperanza. La gente reaccionó de inmediato, con notable eficacia y organización y un gran impulso amoroso. La experiencia del terremoto de 1985 dejó un sedimento de experiencia colectiva que ahora se hizo manifiesto. La gente sabía qué hacer y lo hacía muy organizadamente. Los jóvenes salieron desde el primer momento, con enorme energía e ingenio, utilizando las nuevas tecnologías para comunicarse entre sí e inventar formas de organización. En vez de selfies narcisistas, había wefis que apelaban a un nuevo nosotros, que se formaba instantáneamente.

    Cultivamos ahora ese vigoroso impulso que recompone el tejido social debilitado y se traduce, día tras día, en una profunda conmoción política que anticipa el mundo nuevo.

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