Comenzamos nuestro conversatorio hablando del conocimiento y el aprendizaje. El conocimiento pareciera un proceso meramente racional, sin embargo, esto es una suma de abstracciones y nos parece necesario regresar a lo concreto y en lo concreto se aprende haciendo. Retomamos una intervención de las sesiones pasadas: hasta qué punto el aprender no es una cuestión mental–cerebral sino corporal, la relación entre los cuerpos.

En el texto de Frans de Waal sobre la «cognición encarnada», se dice que muchas veces es posible aprender por imitación, pero no tiene que ver con un asunto meramente intelectual sino más bien un contagio, como el bostezo. La imitación sería la base del aprendizaje en algunas especies, como los chimpancés o los osos. ¿Podría ser esta la base también de nuestro aprendizaje?
En este punto discutimos que tal vez en estos procesos no interviene la razón humana, pero no sabemos si desde la razón animal interviene alguna ecuación que le permite aprender y que no es comprensible en la lógica humana, hay un límite de conocimiento que no nos permite saber los procesos mentales que para ellos están relacionados con las experiencias, quizás es racionalidad o intuición. Imitar; repetir solamente un movimiento quizás debería llamarse de otra forma porque no es aprender.

En las teorías del conocimiento el acento se pone en el asunto meramente racional y se olvidan de la parte corporal y de los sentimientos. Muchas veces se separa lo racional de lo corporal y el sentimiento, y que si es racional no pasa por las emociones, pero no puede haber una separación entre la mente y el cuerpo, no existe, es una sola cosa. El cerebro es el motor, está conectado con absolutamente todo el cuerpo. Un ejemplo serían los sentipensares, es decir la condición de que no se puede sentir sin pensar o pensar sin sentir.
Podríamos reconocer que la base de nuestra existencia es sensitiva y puede verse como un continuo de sentires y emociones, y que es sobre esa base del sentir que se genera el conocimiento. Ese sentir inicial sería la materia prima de la empatía y la empatía sería la base de nuestra relación con los otros y de la posibilidad de aprender de los otros.

¿De qué manera la empatía está en la base? No sólo de la convivencia sino del aprendizaje, en otras especies y en nuestras especies. Los animales no tienen un lenguaje para hablarnos, pero puede ser que ellos entre sí tengan un idioma, un código que permita el aprendizaje entre ellos. Al observar a los animales podemos empezar a ver muy distintas formas de reacción empática. También es posible la empatía entre distintas especies, por ejemplo, el caso de una gorila que rescató y cuidó a un bebé o las terapias en las que los animales ayudan a sanar.

Por otra parte, parece que estamos colonizando el reino de los animales al poner en ellos términos nuestros, no sabemos si lo que pasa entre las hormigas es información o datos, tenemos una serie de observaciones que nos permiten ver cómo se conectan y cómo se organizar, pero todavía no estamos en condiciones de decir que eso que se pasan son datos o información. Se dice que el único animal artista es el ser humano y que eso es lo que verdaderamente establece la diferencia, no la capacidad de razonar y tampoco el lenguaje. ¿Sería cierto eso de que sólo los seres humanos son artistas?

Muchas veces tomamos referencias de la naturaleza, pero lo que decimos acerca de las plantas o animales sólo son suposiciones porque está más allá de nuestro alcance. Debemos quitarnos la idea de que somos los dueños de la naturaleza y de todo. Se nos hace pensar que los humanos estamos separados de la naturaleza, incluso que es un recurso o un objeto que podemos manipular y explotar. No sólo separamos razón y sentimiento, sino también nos separamos de la tierra, del suelo que pisamos y de los seres que nos rodean.
En las comunidades andinas y mayas no hay separación entre sujeto y objeto sino que viven una vida en completa armonía con la naturaleza, somos una red de redes de relaciones. Por ejemplo, el viento se siente y está vivo. Podemos aprender de esas comunidades que viven relacionadas en una crianza mutua. Se nos ha individualizado y occidentalizado. La más alta conexión con la naturaleza sería sentirnos parte de ella. No hay objetos, sujetos, animales, humanos, no hay escala ni distinción.

A todos nos preocupa el cambio climático, pero todos somos cómplices. Somos parte de la destrucción del planeta, nuestros patrones de consumo son patrones esencialmente destructivos que tendríamos que modificar sustancialmente ¿cómo vivimos? ¿qué comemos? Por ahí podríamos empezar para tener una relación diferente con el entorno; transformar nuestro mundo inmediato, el mundo que nos rodea. Debemos construir prácticas más a profundidad, no sólo dejar de usar popotes o llevar nuestra bolsa al súper, sino reflexionar en las cosas y la basura que consumimos, transformar nuestras prácticas de vida. Debemos construir prácticas más a profundidad, no sólo dejar de usar popotes o llevar nuestra bolsa al súper, sino reflexionar en las cosas y la basura que consumimos, transformar nuestras prácticas de vida. También es importante no auto-culparnos y no caer en la paranoia, pero sí cuestionarnos y tomar decisiones para transformar nuestras prácticas y relaciones. Esto ya no pude posponerse, no podemos seguir viviendo así.

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