La esperanza viene de abajo

    El 3 de octubre volvió a temblar, esta vez con epicentro en Ixtepec. Ahí la gente siente el temblor cuando apenas empieza. Salen a la calle y se abrazan todos los vecinos, recuperándose relaciones entre ellos y ellas que se habían ido debilitando. Pero ahora están viviendo en la calle, hasta los que tienen sus casas intactas, por miedo a las réplicas y a nuevos temblores, que también pueden afectar a los albergues improvisados e insuficientes. Lo hacen aunque sigue lloviendo. Las lonas o láminas no alcanzan y el viento las tira. Pero ahí están. No quieren irse, dejar sus casas. Temen perder lo poco que les quedó…

    La casa de Rubén Valencia, uno de los fundadores de Unitierra Oaxaca y promotor de Unitierra Istmo, nativo de Ixtepec, quedó muy dañada el 7 de septiembre. Desde hace años trabaja en la organización de los vecinos para resistir obras dañinas y agresiones corporativas o para recuperar tradiciones y organizarse para vivir bien. Desde el primer momento se puso en movimiento y utilizó todos sus contactos. En un par de días una docena de organizaciones crearon el Consejo para la Reconstrucción y Fortalecimiento del Tejido Comunitario de Ciudad Ixtepec.

    Lo primero que hizo el Consejo fue nombrar tres comisiones: una para fortalecer el tejido comunitario, otra para apoyar técnicamente la reconstrucción con brigadas de arquitectos e ingenieros conocedores de la arquitectura local y una más de contabilidad, para llevar un registro transparente de todo lo que se recibe y se gasta.

    El Consejo organiza también la resistencia ante la presión de las autoridades y las corporaciones para demoler casas que pueden reconstruirse y desalojar a los habitantes. Quieren esos terrenos para reordenar todo al servicio de la Zona Económica Especial que destruirá los modos de vida locales, formas que cuidan las tradiciones y una buena manera de vivir bien sin dañar el ambiente ni el tejido social y la cultura. También resisten los tipos de casas que quieren imponerles, hechas de cemento, que en la zona son inhabitables casi todo el año por el calor intenso.

    Brigadas de jóvenes recorren continuamente el poblado, para ayudar a limpiar, a recolectar materiales y a reciclarlos y también para apoyar a las familias y a las brigadas técnicas.

    Juntas y juntos, los habitantes de Ixtepec y quienes se solidarizan con ellos, resisten el tráfico de víctimas que intentan los políticos, las agencias públicas y algunas fundaciones, cada quien para sus propios fines. En vez de esa ola de “ayuda” destructiva y corrupta, circula entre los vecinos un enorme vigor amoroso que atiende las heridas físicas y mentales que trajo el desastre, recompone el tejido social maltrecho por el llamado progreso, recupera  tradiciones de solidaridad y trabajo común y reconstruye algo más que casas dañadas: forma otra vez una comunidad fuerte y unida, decidida a construir a su manera su propio porvenir.

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