Relatoria: “¿Es posible desaparecer la educación y la política?”

Conversatorio  12/05/2021

   Vivimos en medio de una crisis de salud que es a la vez una crisis económica, política y climática. Hay que reaccionar: casi nunca se dice que este sistema se construyó y todavía se construye sobre la educación. Hay que preguntarse si entre nosotros estamos realmente convencidos de que es necesario desaparecer la escuela o pensamos que hay algo que se puede rescatar. Podemos preguntarnos lo mismo de la política: estamos educados para participar de una forma política específica, la democrática del sistema capitalista, ¿Queremos hacerlo desaparecer? Queremos preguntarnos ¿qué podría ser la política hoy?

La política se ve a menudo como “el arte de mentir”, los políticos en el sentimiento común de mucha gente son los que “vienen a robar”. En las comunidades indígenas los partidos y la forma política democrática no funcionan y relacionarse de manera política significaba y muchas veces todavía significa, por ejemplo, discutir hasta llegar a un acuerdo entre todos en lugar de votar. Se trata de establecer acuerdos para los que se necesita la conversación. Sin embargo, el proceso histórico de colonialismo e imposición estatal ha hecho mucho daño.  Por ejemplo, antes  el tequio era un trabajo de cariño, principalmente un trabajo colectivo que se hacía por solidaridad y en ayuda mutua de unos a otros, de esta forma entre toda la comunidad se sembraba y cosechaba maíz para que todos tuviesen comida. Cuando los españoles vinieron y vieron esta actividad, pensaron en aprovechar la mano de obra para explotar a los campesinos, provocando una serie de cambios en el trabajo colectivo por el bien común (y Amlo va ahora en esta misma dirección). Antes, el tequio daba sentido de comunidad, de compartir, de sentido común. Ahora sigue siendo importante, pero en algunos casos están surgiendo problemas relacionados con las ausencias, la migración y en el sistema normativo indígena hay una multa para quienes no hacen su parte.

Incluso la educación no responde a las necesidades de las comunidades: una forma de enseñanza puramente teórica es aburrida y estéril, no hay creatividad en la carrera académica. Por ejemplo, de todos los que estudian agronomía, ninguno ha contribuido proponiendo alternativas e ideas para mejorar la vida en la pandemia. La educación comunitaria, por el contrario, ha demostrado que sabe coordinar al ser humano con la naturaleza. Los Zapatistas tienen lo que ellos llaman “escuelas” para la “educación”, pero más allá de las palabras, la escuela y la educación misma se subvierten en este contexto. Cuando el “maestro” llega al aula, primero les pide a los niños que limpien y, cuando terminan, les pregunta qué quieren aprender: así aprenden lo que significa ser zapatista.

Por el contrario, la educación formal en México ha sido una herramienta para la cancelación de identidades, lenguas, formas de socialización y conocimientos indígenas. Siempre ha sido un dispositivo de poder funcional para una clase y un sistema. Por supuesto, hay fisuras en la superficie de la escuela, como el caso de los maestros indígenas de la década de 1960, estudiantes que construyen prácticas contrahegemónicas, profesores individuales que estimulan un enfoque crítico, los normalistas que siempre han sido los más afectados en el magisterio y que son frecuentemente golpeados y detenidos por la policía enviada por los gobernadores.

Sin embargo, esperar que se pueda reformar la educación no es diferente de creer que es posible en el caso de la policía o los bancos. “Domar el capitalismo es imposible”, dicen los zapatistas. Para hacer una comparación emblemática, podríamos pensar en el Banco reformista creado entre Bangladesh e India, elogiado por su “humanidad” hasta que las personas que habían solicitado préstamos comenzaron a suicidarse. Lo que ahora llamamos “educación” nació con el capitalismo y es a finales de los años 1500 y 1600 cuando la palabra que originalmente significaba “alimentarse con el pecho”, una prerrogativa de las mujeres, adquiere la connotación que conocemos ahora.

Es necesario hacer desaparecer la educación, todo el sistema educativo que conocemos, un sistema que clasifica entre personas “educadas” y personas ignorantes, según hayan asistido a una clase escolar o hayan realizado un examen. Un sistema que desprecia todas las formas de conocimiento que no están incluidas en la hegemonía capitalista. Es necesario abandonar incluso la propia palabra “educación”, que sugiere que desde temprana edad es necesario recibir una dirección que nos lleve a lograr lo que en el capitalismo se concibe como un “éxito”, que asesora a elegir una carrera académica según la posibilidad (o la ilusión) de entrar en una buena profesión con un buen salario. En su lugar, deberíamos utilizar la palabra “aprendizaje”, “otros aprendizajes”. El aprendizaje no se logra solo en la escuela. Por ejemplo, sin idealizar el contexto doméstico en abstracto, se aprende muchas cosas en el hogar, fuera de la relación vertical alumno-profesor y según las especificidades de los diferentes contextos. La educación, en cambio, busca una homogeneización de la experiencia. El aprendizaje permite el florecer de actitudes pluralistas, la educación todo lo contrario. Vasconcelos, considerado el mayor educador del estado mexicano, declaró “Por mi raza hablará el espíritu”, frase que expresa todo el pensamiento hegemónico que ha impuesto un idioma, el español, y la forma de pensar que en él se expresa.

La escuela, de hecho, responde a una idea capitalista: enseñar a todos lo mismo. Este es un principio consustancial a la educación misma, que hoy permea todas las instituciones educativas en las que la libertad de aprender se ve comprometida por relaciones de poder destinadas a transmitir cualquier currículo. No debemos educar a los niños para que hagan esto o aquello, sino crear las condiciones para el aprendizaje, construir la autonomía: exactamente lo contrario de lo que hace la educación.

El principio es el mismo de la política en el mundo capitalista: hacer que todoas decidan lo mismo (aquí explicamos cuál es el sentido de enseñar lo mismo a todoas). La afirmación de que todoas los mexicanoas pueden llegar a un acuerdo es simplemente ridícula. Ahora mismo estamos en un período de cambio electoral, pero es solo una repetición cíclica del pasado. Amlo es el último de los dinosaurios. Nos enseñan que la política de la polis, la democracia occidental nacida en la antigua Grecia, es el modelo perfecto. Sin embargo, omiten que en la democracia de la polis no había lugar para las mujeres y la riqueza de unos pocos se basaba en la colonización de los “bárbaros” y la explotación de esclavos. En política, así como en educación, debemos partir de la diferencia. Como escribió Illich: “Si en esta sociedad tecnológica hay espacio para la política, este espacio es la amistad” y la amistad está relacionada con la hospitalidad del Otro, con la diferencia.

La pandemia puede ser un espacio de posibilidad para transitar la desaparición de la educación y la política del capitalismo, pero debemos partir de contextos específicos, precisar las palabras porque nunca son universales y muchas veces usamos las mismas para significar cosas muy diferentes. Debemos hablar por nosotroas mismoas, pensar como las personas que somos. No será en abstracto que haremos desaparecer la educación o el capitalismo, sino aquí, entre amigoas y gente cercana: aquí es donde podemos acabar con el sistema hegemónico. Debemos concebir la política y el aprendizaje como formas de relación. Si la figura del amigo es válida, en este sentido también es válida la del enemigo, porque nos lleva a ver lo que es radicalmente otro no como una amenaza, sino como una diferencia.

Debemos oponernos a la retórica de la modernidad y el progreso que nos han despojado de la dimensión mágica y espiritual. Como escribió Yásnaya Aguilar, el mismo día de la salida de la delegación marítima zapatista, López Obrador pidió perdón a la población maya por siglos de opresión y devastación del territorio. Este es un perdón de origen cristiano, que le sirve al Presidente para perpetuar esas mismas lógicas colonialistas de las que pretende disculparse a través del “tren maya” y la retórica de los “pueblos del desarrollo” (que ni siquiera tiene claro lo que significa) . En medio de la crisis es necesario contar y crear narrativas. Los abuelas y los abuelos cuentan historias de sus comunidades, cómo superan muchas dificultades, cómo se relacionan con la naturaleza, la milpa y con todas las entidades intangibles a su alrededor. Cuentos que ya no son tan habituales, si pensamos por ejemplo en las ubicuas y penetrantes narrativas de Hollywood u Bollywood. Tenemos que empezar a tejer de nuevo una narrativa alternativa o, como escribe Silvia Federici, tenemos que preguntarnos cómo podemos volver a encantar el mundo.

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