Repensar la Pandemia “Habitar” – 6.julio.2020

Hemos recorrido un trayecto bastante largo en estas reflexiones, hemos hablado de las situaciones vivenciales y contextuales de la pandemia, pero nuestros temas se han ido decantando hacia otras reflexiones; de los sistemas de salud y alimentario hemos pasado al tema de la abolición del trabajo y esto, nos ha llevado a cuestionarnos sobre las necesidades, ¿de dónde viene la noción de necesidades y cómo ha sido construida? Esto a su vez, se relaciona con otro tema importante de Ilich: el arte de habitar. ¿Qué es eso de habitar? ¿cuál es la diferencia entre un espacio para guardar los electrodomésticos y uno para que el ser humano puede habitar? ¿cómo ha sido el proceso en el que nos han coartado las propias capacidades personales y colectivas para el habitar?

Con la pandemia, en algunos casos se agravó la violencia doméstica, en México como en muchos países hay muchos feminicidios en casa, ¿qué se podría hacer para contrarrestar esto a nivel habitacional? Las instituciones ligadas a las constructoras de desarrollos habitacionales, no toman en cuenta las verdaderas necesidades de la población, construyen espacios que no son saludables y que son iguales para todxs, ¿cuáles serian esas necesidades actuales de habitar?

En torno al habitar durante la pandemia, ha habido experiencias diversas. Hay quienes han aprovechado la pandemia para empezar a habitar el espacio donde viven, cosa que antes, por los traslados al trabajo y el trabajo mismo, no ocurría. Ha sido la oportunidad de preguntarse cómo se quiere vivir y cómo se quiere habitar. Pero, también hay quienes no han podido parar sus actividades, lo que nos hace preguntamos, ¿cuántas personas estamos en la dinámica de confinamiento como tal?, ¿repensar el habitar es una cuestión de privilegio?

Habitar tiene que ver también con las relaciones comunitarias y en este sentido, el arte de vivir en confinamiento no existe, no es un arte vivir en una casa sin contacto con nadie, sin afecto, sin sentir a la gente, el arte de vivir no está en cuatro paredes. Aunque también, así como podemos estar aislados estando en nuestra propia casa, podemos estar aislados en una reunión con diez personas. Es importante reconocer a los que están en lo más cercano y en lo más concreto, para volver a la convivencia que implique no solo tener el cuerpo en un lugar, sino habitar con la presencia.

Al hablar de habitar, estamos muy acostumbrados a lo visual, de cómo se tienen que ver los espacios para poder estar en un espacio digno. Pero es importante pensar el habitar, por ejemplo, desde la evocación y la importancia que tienen los olores en nuestra memoria, en este sentido, es importante volver a los sentidos. El arte de habitar tiene que ver con el hecho de que somos sentidos.

La diferencia entre el habitante y el residente radica en que el habitante es la persona que crea su espacio de habitar y lo hace con un arte, es el arte de vivir en un espacio y contexto determinado (su casa, su colonia, su barrio). El residente es un consumidor de espacio, es alguien que compra un espacio construido por otros y ahí se acomoda, del mismo modo que usa los transportes y empleos que se le dan.

Perdemos el arte de vivir cuando nuestrxs deseos y necesidades son moldeadas, tomando forma de mercancía y convirtiéndonos en consumidores permanentes de todo, en este sentido, el arte de vivir implica suprimir las necesidades en las que hemos sido moldeados en una lógica ajena que nos destruye. Las políticas gubernamentales nos programan para una forma de existencia cada vez mas aislada e individualista. Lo que más hace falta es la intensificación de nuestras interacciones, tejernos en las relaciones y las formas de existir. Entonces, ¿qué hacemos ante la pandemia, ante esta forma de vernos como amenazas y que nos impide interactuar plenamente?

¿Qué pasa si al imaginar cómo construir un mundo diferente nos imaginamos un mundo sin necesidades? La sociedad actual se construyó a partir de grupos que no tenían necesidades y al ser despojados empezaron a tenerlas, en este momento en el que necesitaron todo, nació el capitalismo. Todo lo que estamos necesitando todos los días son productos de despojo y entonces, podemos pasar a una recuperación que implique no tener necesidad de nada. No es una autarquía individualista, sino una forma comunitaria de existencia en la que se construye de manera autónoma la vida.

Pero también, vivir sin necesidades es complejo porque implica conflictos en estas dobles realidades en las que vivimos.  La tendencia de quienes poseen hacia quienes no poseen es peyorativa y se entra en la dinámica de la piedad, un juego de empobrecimiento, quienes tienen mayor consumo se colocan en un status superior a quienes no tienen. ¿Cuáles son esas necesidades que no están parametrizadas? Nos convirtieron en algo, pero tampoco esta tan claro lo qué es lo que somos y cómo son esas identidades.

Por otro lado, los modos de producción nos han hecho creer que no tenemos el tiempo de preparar nuestros propios alimentos, estamos entrenados a despertar, trabajar para producir dinero porque lo necesitamos, -recordemos que “trabajo” viene de una palabra que se refiere a un yugo, algo que no es gozoso- esto ha provocado también, que abandonemos los espacios para las relaciones.

Hay que reinventar el mundo, y para ello es importante aprender de quienes no precisamente han estado dependiendo de este sistema, hay muchas personas que se autoorganizan, que forman organizaciones, que están resistiendo y accionando desde su propia fuerza y convicción.  Es inspirador estar cerca de estas organizaciones colectivas arraigadas al arte de vivir, ¿cómo son estos espacios que están creando otras cosas? Oaxaca es un espacio muy inspirador en ese sentido, hay memoria viva, memoria caminando que nos recuerda quienes somos. Oaxaca es realmente un estado excepcional, el cuidado mutuo, hacer conciencia de cómo hacer frente a la pandemia es algo muy distinto a lo que pasa en otros lugares. Cada vez tenemos casos más y más cercanos, y observar la pandemia como algo que sucede fuera de aquí, o lejos de aquí es distinto a vivirlo de una manera más cercana, cuando nos permea en lo personal y familiar es distinto. Y entonces deja de ser algo que ocurre afuera y pasa a ser parte de nosotros.

Qué pasa si aceptamos la hipótesis de que el virus esta para quedarse y que probablemente nadie escape del él. En algunos contextos los niños están formando un sentido de asepsia, generando esa necesidad de protección, ven ya el tapabocas y el distanciamiento como algo normal, en algunos otros contextos los niños ni siquiera se preocupan por esto, y en sus reencuentros se abrazan, ganando la emoción y el cariño.

Parece que quienes están guardando más cuidados, quienes se han aislado por completo, son quienes se están contagiando, el convivir con tantos químicos para “protegernos” en realidad debilita el sistema inmune y lejos de cuidarse se exponen, estar libre de gérmenes no es cuidarse propiamente, perder ese contacto de convivencia con esos seres con los que habitamos que son las bacterias, es parte de ese sentido de pureza impuesto. Además, parte del cuidado implica regresar a lo concreto desde el encuentro físico, no hay nada más concreto que el cuerpo y que lo físico.

¿Cómo le hacemos para dejar de tener miedo? El miedo es una reacción de las más iniciales que tenemos, en lugar de que nos detenga nos previene, debemos actuar con prudencia, pero no tiene por qué paralizarnos. Hay que manejar ese miedo porque es parte de vivir, así como del arte de morir y esto involucra todos los sentires que se presentan en la vida. La pandemia se enfocó en tener miedo a la muerte o al sufrimiento y a evitar la muerte sin pensar que esa muerte es parte de la vida. En el arte de vivir está el arte de no tener miedo y vivir en la incertidumbre, en el soltar el futuro viene un acto de resistencia y al despreocuparse de esto, se genera interés por conocer las cosas de una manera distinta

Además del miedo, estos nuevos regímenes de vida estática, nos están haciendo perder o transformar la inteligencia de nuestro movimiento, nos estamos haciendo un poco mas torpes, habitar los mismos espacios nos puede hacer creativos, pero habitar el afuera nos da una gran riqueza. Lo virtual ha aumentado una carga de trabajo de estar sentados. Es una forma de aceptar una tortura ahora. ¿Cómo hacer para que nuestra vida sea más concreta y menos virtual?, parecen dimensiones separadas las de la vida en lo virtual y la realidad. En tres meses Zoom ha logrado tener a la misma cantidad de personas que faceboock obtuvo en cinco años y esta parece ser la cara de la predicción Ilicheana.

El virus está revelando las condiciones inaceptables que hemos estado viviendo, hay que reconsiderar el qué hacer en términos de prevención y tratamientos alternativos, hay muchos sistemas más eficaces y más adecuados que los que nos da la ciencia médica corrompida. Pero, más allá de qué hacer en cuanto a prevención y tratamiento, es importante pensar qué hacer si intensificamos nuestras interacciones, si empezamos a vivir en un mundo real construido por nosotros, un mundo de personas que es un nudo de redes de relaciones, que es sobre todo esas relaciones y vive en esas relaciones, que implique el arte de vivir, de morir y si de eso se trata, ¿qué tipo de personas podemos ser? ¿Cómo podemos dejar de ser el molde de ese tipo de persona que actúa colgada del mundo digital, para vivir por nosotros mismos con nuestra capacidad de existencia real?

Recordemos que la motivación principal de repensar la pandemia surge al ver una situación en las comunidades de Oaxaca y en el país. A partir de sentir que no sabemos qué pasa y que lo que nos dicen que pasa no es claro, surge la necesidad de aclararnos entre nosotros, esto nos ayuda a saber qué hacer afuera. Nuestras conversaciones nutren las acciones de Unitierra y nuestras realidades concretas.

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