Repensar la pandemia – Reflexiones I

Iatrogénesis en tiempos de pandemia

  • Iatrogénesis clínica: enfermedades y muertes provocadas por la medicina institucional y la industria de la salud. Lo que fue un escándalo en los años setenta, cuando Illich lo denunció, es hoy experiencia compartida. Es probable que haya más enfermos y muertos por la campaña contra la pandemia que por el virus, a pesar de que se asocian con éste enfermedades y muertes que tienen otros orígenes.
  • Iatrogénesis social: medicalización de la vida cotidiana. Cada vez más, cuerpos y mentes se configuran con criterios médicos que imponen la patológica ‘búsqueda de la salud’. La pandemia es el primer experimento de alcance global en que regulaciones médicas, supuestamente basadas en la ciencia, se imponen al conjunto de la población. Se atribuye al profesional médico una condición sobrehumana.
  • Iatrogénesis cultural: destrucción del arte de sufrir y de morir. El dolor se convierte en un problema a eliminar (proliferación de pain killers, analgésicos que se emplean apenas un dolor aparece) y la muerte aparece como un enemigo a vencer (cada muerte es percibida como un fracaso). La pandemia es pretexto para destruir el arte de sufrir que aún existía (bloqueando, por ejemplo, los rituales funerarios), para estandarizar las formas del dolor y para impedir una muerte digna y propia.
  • Iatrogénesis del cuerpo: se produce el cuerpo, para acomodarlo a un sistema, y deja de ser lugar fundamental de la experiencia y encarnación de una cultura. Las personas reconfiguran sus cuerpos según prescripciones generales y el uso de los sentidos es sustituido por formaciones abstractas que aparecen como la realidad “real de verdad”. Las “vidas” que se quiere “salvar” en la pandemia son ya unidades homogéneas definidas en algoritmos que programan su condición y comportamiento en función de probabilidades de riesgo. Se clasifican categorías de esas unidades que serán descartadas.

Revelaciones de la pandemia

  • El irrecuperable “sistema de salud”. La sociedad en conjunto gasta más en “salud” que en alimentación o habitación, pero la mayoría de la población vive bajo condiciones cada vez más insanas y el “sistema de salud” es cada vez más incapaz de brindarles atención adecuada. El intento de emplear el “sistema de salud”, la medicina institucional, para hacer frente a lo que se ha  definido como asunto de salud y problema médico, resulta abiertamente fallido. Fuera de China, no logra alcanzar el propósito manifiesto de prevenir y atender. Y en China no fue, propiamente, el “sistema de salud”.
  • La producción creciente de personas desechables. El sistema dominante no puede ya absorber a toda la población en forma productiva y desecha categorías completas de personas. La pandemia hace repentinamente evidente la configuración atroz de la vida social bajo el régimen dominante:
    • El escs personas de color ista: mata mran jaulas de oro.as “pra alcanzar el prop asunto de saludas que aparecen como la realidad “otraándalo sobre la muerte desproporcionada de ancianos parece hipócrita. Se les mantenía bajo condiciones insoportables, incluso cuando las “antesalas del cementerio” en que se les encerraba parecieran jaulas de oro.
    • El virus resulta racista: mata más personas de color. Las condiciones atroces a las que se les condenaba explican la estadística sesgada.
  • La dependencia institucional. La mayoría de las personas llegó a aceptar como “normal” una dependencia radical de las instituciones –el mercado o el Estado- que moldeaban por igual deseos, necesidades y dispositivos para satisfacer unos y otras. La pandemia revela extremos atroces de esa dependencia y su contradicción con una forma satisfactoria de vida.
  • La obediencia asumida. Illich anticipó la formación de una población sumisa y obediente, moldeada en la subordinación desde los primeros años de escuela. La pandemia lleva la obediencia y sumisión a los dictados de la autoridad hasta extremos sin precedente y genera rechazo social a los desobedientes.
  • La ciencia como coartada. Se atribuye cada vez más a la “verdad científica” la calidad de última instancia del conocimiento, a pesar de las denuncias de la corrupción de los científicos y de su carácter colonial. La pandemia revela las debilidades y limitaciones de la ciencia y la gravedad del error de confiar a expertos y científicos decisiones que son de carácter ético y político.
  • La des-encarnación de la vida. Al perder capacidad de experimentar personalmente la enfermedad y la muerte, como expresiones del propio ser, y asumirlas como entes enemigos, cuando la realidad de la vida y del cuerpo se ha convertido en un perfil de redes sociales, el individuo des-encarnado se convierte en átomo obediente, programado y dependiente que asume como reales las categorías abstractas que se emplean como dispositivos de control. La pandemia es un ejercicio sin precedente de control abstracto sobre individuos des-encarnados que muestra la medida en que una mayoría ha sido ya permeada por la pasividad obediente.
  • La contraproductividad del aislamiento y la separación. Se les ha concebido como una forma de protección de las personas en casi todas las instituciones –escuelas, hospitales, fábricas, cárceles… La pandemia impone el supuesto de que todo contacto humano puede ser peligro mortal y convierte el aislamiento forzado  en fuente de violencia, ansiedad y autodestrucción.

El despertar

  • La pandemia invita a volver al cuidado de la vida, de los cuerpos, las personas, los animales, las plantas. Invita también a recuperar los saberes ancestrales.
  • Si logramos sentir el virus sin angustia ni miedo, como viejo conocido y no como enemigo inesperado, podemos imaginar formas orgánicas de respuesta que la declaración de pandemia intenta paralizar.
  • La pandemia permite percibir el carácter militar de la noción dominante de ‘salud’, en que los médicos encabezan el ejército y la industria de la salud aporta el armamento. Se están generando  anticuerpos, entre otras cosas para impedir que vida y libertad entren en contradicción.
  • Como parece haberse ampliado el tiempo y se profundizan las exploraciones hacia adentro, hacia lo que uno es y hace, se abren espacios de sanación inesperados. Surge la posibilidad real de organizarse y enraizarse. El lugar adquiere realidad. Recuperar sentido de la realidad es recuperar sentido de la realidad concreta, recuperar el sentido de nuestros sentidos que son las únicas formas de tocar y estar realmente en contacto/contagio/relación con la realidad.
  • Ahí, en pequeño, sin las pretensiones grandiosas de lo global o incluso lo nacional, puede recuperarse una forma de humildad, para reconocer sin arrogancia alguna lo que no sabemos y preguntarnos, seriamente, cuál es el sentido de lo que hacemos, el sentido de cada unx de nosotrxs? ¿En qué consiste vivir, estar vivo?
  • Se trata de dejar de ser médicx, abogadx, ingenierx o cualquiera de las profesiones. Se trata de ser nosotrxs, personas, y utilizar todos los saberes que tenemos sin descalificar a lxs que no tienen esos saberes y combinando los saberes que tenemos con los de lxs demás, para poder, como personas libres y amorosas, estar ejerciendo un control social nuestro, comunal, en nuestro lugar, con amigas y amigos, vecinxs, gente cercana, con la familia, tratando de evitar la inmensa violencia que viene de afuera.
  • Necesitamos recuperar las palabras –puertas de la percepción- y formar un nuevo lenguaje que nos permita entender lo que pasa y construir lo nuevo. No sólo es la contaminación de palabras como pandemia[1], contagio y virus. Es que el conjunto de nuestras percepciones han sido moldeadas por el texto –desde el siglo XII- y el lenguaje dejó de ser nuestra manera de experimentar el mundo y relacionarnos con otros para convertirse en un dispositivo de control que hemos internalizado. La pandemia ha sido una reiterada invitación a recuperar viejas y buenas palabras e inventar otras.
  • Las herramientas dejaron de serlo, dice Illich. En vez de poder usarlas para nuestros propósitos, se convirtieron en expresión de sistemas. Al usarlas, nos convertimos en subsistemas. ¿Podemos aún recuperar algunas? ¿Podemos romper con la era de los sistemas y volver a emplear herramientas, cuidando de que esta vez no rebasemos el umbral que las hace contraproductivas? ¿podemos reconocer que lejos de estar ante un problema sanitario o médico, enfrentamos un gran riesgo político?
  • ¿Estamos ante un problema de salud? ¿Qué entendemos por salud, sea esta física, mental o emocional? ¿Qué implicaciones tiene que esta pandemia sea o no sea una crisis de salud? ¿Es lo mismo decir que estamos ante una crisis de salud, sanitaria, a decir que estamos ante una crisis de la salud, de la noción misma de salud?
  • Están proliferando ansiosas promesas de futuros posibles, después de la pandemia. Cunde el afán de ‘regresar a la normalidad’, aunque eso signifique muy distintas cosas para distintas personas y muchas se resistan a ello. “No queremos regresar a la normalidad –señaló Evade Chile- porque la normalidad es el problema”. Quizá, en vez de seguir colgados del futuro, como nos han programado, podríamos regresar al presente, lo único que tenemos.

No permitiré –escribió Illich al concluir El género vernáculo- que la sombra del futuro caiga sobre los conceptos con los que he intentado captar lo que es y lo que ha sido. De la misma manera en que el asceta y el poeta meditan sobre la muerte y por ello disfrutan gratamente la exquisita viveza del presente, así debemos hacer frente a la triste pérdida del género. Tengo serias sospechas de que se puede recuperar un arte de vivir contemporáneo, en la medida en que nuestra austera y lúcida aceptación del doble ghetto de los neutros económicos nos lleve a renunciar a la comodidad del sexo económico. La esperanza en esta clase de vida depende del rechazo del sentimentalismo y de la apertura a la sorpresa. (México: Joaquín Mortiz/Planeta, 201).


[1] Desde el siglo XV empezó a emplearse el término ‘epidemia’ para aludir a un mal, una enfermedad, propios de un lugar. Aunque el término se aplicó más tarde a una condición general (algo epidémico se aplicaría a todos), desde el siglo XVII ‘pandemia’ se refirió a un mal o enfermedad que puede afectar a todo un continente o al mundo entero.

Imagen: http://monicafundamentospedagogicos.blogspot.com/p/ivan-illich.html

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