Apenas 500 años después. Avanzar retrocediendo en el camino de la descolonización.

Universidad de la Tierra – Oaxaca

Conversatorio Caminos de la Autonomía Bajo la Tormenta

Relatoría del 18 de agosto de 2021

El 13 de agosto fue el aniversario de la caída de Tlatelolco y representó una oportunidad para repensar la historia y el presente. En todo México y el mundo, un llamado zapatista a la movilización ha producido reflexiones y acciones sobre el colonialismo y la liberación. También aquí en Oaxaca, el CNI y la comunidad de San Pablo Cuatro Venados han impulsado la toma simbólica del INPI para protestar contra la lógica de expropiación y devastación que aún hoy continúa.

El escuadron 421, ahora en Madrid, ha leído un emotivo y contundente comunicado al mundo: enlacezapatista.ezln.org.mx/2021/08/13/apenas-500-anos-despues/. La forma poética en que los zapatistas describen el horror nos permite asimilarlo sin aceptarlo. Nos advierten de una guerra real en curso, se enfrentan al sistema en su complejidad, construyen una narrativa que siempre se supera, que siempre sorprende: por eso el Estado no ha podido acabar con ellos en 27 o 500 años. En este aniversario, rechazaron la retórica del victimismo: no significa negar el horror que fué, ni negar el horror que continúa hoy, sino dar valor a lo que ha resistido y resiste durante todos estos años. No es el aniversario de la conquista, sino del inicio de la Resistencia. No hay perdedores porque en todos los lugares donde se recuerdan las y los abuelos se pueden encontrar resistencias.

Los zapatistas nos invitan a reflexionar sobre el discurso que nos quiere “colonia”, “Tercer Mundo”, “patio trasero” de los gringos, con las líneas del color de la piel que nos definen como los marginados del mundo: son como piedras que pesan sobre nosotros, y que tienen sus raíces en la invasión y su narración. El colonialismo continúa hoy, no ya por los españoles, sino por las potencias financieras y militares transnacionales y por las élites criollas.

Ahora hay que cambiar la historia. Ya están tomando forma otras narrativas y reconstrucciones históricas. No fueron unos pocos europeos contra todo un continente, sino una contingencia de múltiples formas de resistencia y rebelión contra múltiples caras del colonialismo y de la subordinación. Hubo epidemias que produjeron una verdadera masacre: sabemos bien cómo y cuánto las pandemias pueden producir cambios y destruir el tejido comunale, ayer como hoy.

La narrativa es una nube a partir de la cual se ordena el mundo, que establece cómo deben ser e ir las cosas, por ejemplo, qué posición ocupa México en el mundo, qué tipo de país es, en qué tipo de circunstancias. Algo que antes no existía cobra vida: son ideas, convenciones y órdenes que estabilizan y jerarquizan el mundo, le atribuyen funciones performáticas. Esta nube negra nos oprime en cada momento de la vida: es una gran carga vivir así. Cuando buscamos trabajo, nos preguntan sobre el nivel de educación, el lugar de origen, el número de hijos, las perspectivas de vida. La televisión es un artefacto que afirma cada dos segundos quién es superior y quién es inferior, quién tiene derecho a la existencia y la voz y quién no. Esto es violencia, hay capas de violencia que nos asfixian. Cuando no hay nada en juego, también las instituciones se declaran pluralistas, pero cuando se trata de intereses económicos, por el contrario, surgen el nacionalismo, el racismo, el sexismo. La “pluralidad ligera” es inútil si no se abordan los privilegios y las opresiones de forma radical.

Al contrario, afrontar y desentrañar radicalmente la nube negra del orden simbólico del mundo dominante es una práctica de liberación.

Oaxaca es un espacio de conocimiento múltiple que, aun sin caer en la romantización, podría salvar a la humanidad de muchas formas, pero para empezar a vivir en nuestro paraíso es necesario limpiarlo de la inmundicia de las narrativas y la colonización de ayer y de hoy. Imaginar no es suficiente, pero recuperar el orgullo partiendo del territorio, de los pueblos, nos da una fuerza enorme.

Yasnaya Aguilar destaca la importancia de reconocer el permanente estado de guerra en el que nos encontramos desde hace 500 años: a partir de la llamada “conquista” se ha comenzado a negar una forma de vida y el estado mexicano sigue hoy en esta línea.

Si es importante redimir la historia, es igualmente importante posicionarnos en el hoy y saber qué estamos construyendo y cómo podemos construir un mundo distinto en lo concreto. ¿Cómo podemos imaginar algo distinto y hacerlo real?

Algunos conocimientos de los abuelos se han perdido, y otros resisten. En algunos lugares se ha olvidado el idioma, pero se mantienen viva la alimentación o los sistemas sociopolíticos, en otros se conserva la forma de vestir o, por el contrario, es el idioma original que se habla a diario. No se trata de alimentar la nostalgia, sino de encarnar la ilusión y la utopía ¿Qué podemos hacer las generaciones más jóvenes? ¿Cómo seguimos manteniendo vivas las prácticas y estructuras de conocimiento?                    

Hay personas que aprenden el idioma de su propia gente a los treinta y por elección, pero la perspectiva no solo puede ser individual, sino también y sobre todo colectiva. No se trata de pedir o otorgar perdón, concepto cristiano por excelencia, sino de poner en valor la perspectiva comunitaria que busca ante todo el equilibrio: reconocer la violencia y luego redimir un tejido que se ha desmoronado por la violencia. La descolonización pasa por la recuperación del ciclo de la vida y es algo que, sin embargo, no basta con captar con el cerebro, sino que hay que incorporarlo en el cuerpo individual y colectivo, en la práctica, en el que hacer y en el diario que hacer. La curación no es partir de un pasado o futuro imaginario, sino de un ser humano integral.

Comemos maíz, podría haberse perdido a lo largo de los siglos pero no, seguimos comiendo tortillas y memelas todas las mañanas. Es nuestro cuerpo y nuestra identidad. En la relación entre el hombre y la tierra es el lugar donde nace la espiritualidad que ha dado fuerza y ​​aliento a 500 años de resistencia, una espiritualidad que no nace de un hombre crucificado, sino de la Tierra que da vida. Nuestras abuelas y abuelos fueron científicos del arte de la herbolaria, en la relación y conocimiento de la Tierra. La espiritualidad no es una travesura, sino algo profundo más allá de lo visible, como cuando tenemos un bebé en nuestros brazos o la mano de una madre en los nuestros. No es algo folclórico, sino una forma de vida: cuando decido cómo comportarme, no me pregunto si mi vecino me ve o no, porque sé que siempre me mira en el aire. Como resultado del colonialismo, la imposición del dinero, creemos que somos los observadores del universo, pero no recordamos que no estamos en el centro del mundo. El ritual siempre ha sido y es una forma de reconocer el espacio que ocupa nuestro cuerpo individual y colectivo en el espacio y el tiempo, nos permite conectarnos con un espacio-cuerpo-territorio-tierra para alinearnos y respetar la alianza de la cual es el posible vivir, comer, respirar. Incluso sembrar hoy es un acto político, que implica hacerse cargo de esta alianza de por vida.

Es cuando perdemos el contacto con la Tierra cuando el capitalismo gana. En la transición del campo a la fábrica o del campo a los talleres de la ciudad, dejamos de trabajar por la vida y comenzamos a hacerlo por dinero; hoy casi cualquier aspecto de la vida del Planeta está dentro del proceso neoliberal de comercialización. Haber perdido la conexión con la naturaleza implica preguntarnos cómo podemos restablecerla.

La construcción de un mundo binario, en el que el hombre y la naturaleza son rígidamente distintos, es el resultado de la imposición colonial. El problema no es la deshumanización, sino cuando el propio ser humano se convierte en el problema. El hombre no nace en ningún otro lugar que no sea la naturaleza, pero nos han desposeído, nos han desconectado. Debemos mirarnos al espejo y preguntarnos cuánto, sin embargo, nos negamos nosotros mismos esta raíz. Miramos sólo a Occidente y occidentalizamos nuestro pensamiento. ¿Cuánta racionalidad occidental adoptamos? En las comunidades se camina y al caminar se piensa y viceversa, en una dualidad que proviene del sentimiento-pensamiento. Los abuelos mixtecos dicen que hay una dualidad entre el corazón y la cabeza, dos órganos que no deben pelearse porque a veces hay que pensar con el corazón y sentir con la cabeza. Si el mundo aún no está destruido es porque todavía hay armonía, ternura y cariño, de apenas 500 años.

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