Escuchar la extemporaneidad, construir la autonomía

Nunca como en esta contingencia necesitamos comunidad y autonomía.

Las palabras zapatistas son de gran inspiración para nosotros: http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2021/07/16/la-extemporanea-y-una-inicziale-nacional/.

El racismo del Estado y sus instituciones, que continúan obstaculizando la salida de la Fuerza Aérea Zapatista al negarle los pasaportes, ha definido a los pueblos originarios como “extemporáneos”. Como escribe el subcomandante Moisés en su comunicado, “extemporáneo” significa inapropiado con respecto al proyecto de homologación y reducción de comunidades a la Nación y de la autonomía a la dependencia. “Nunca antes nos han definido tan adecuadamente”, consideran compañeros, compañeras y compañeroas, reivindicando el valor de su irreductible afirmación de existencia, que no ha cesado desde hace 500 años.

El 1 de agosto es el aniversario de la toma del medio de comunicación local CorTV, por las mujeres de la Comuna de Oaxaca en 2006. En esa ocasión, 400 mujeres irrumpieron en la sede estatal de radio-telecomunicaciones, respondiendo a quienes querían echarlas “Nosotras nos quedamos , Ustedes se van! ”, reivindicando espacio de expresión y visibilidad a partir de la revuelta en curso y del protagonismo de las comunidades. La televisión es un enorme dispositivo de blanqueamiento racial, que en esa experiencia única en la historia que fue la Comuna de Oaxaca fue por una vez resignificado por quienes construyeron una narrativa alternativa al llevar sus propios cuerpos frente a las cámaras o telefonear en vivo en la transmisión.  Queremos que el 1 de agosto de este año sea una oportunidad para denunciar la violencia racista y sexista que sufrimos en cada institución y afirmar con fuerza el protagonismo de las mujeres en cualquier experiencia de lucha, de la que representan el corazón palpitante.

A 15 años de la Comuna de Oaxaca, el reclamo y la construcción de una alternativa ha mostrado toda su vitalidad en la contingencia de la pandemia. Muchas comunidades han decidido cerrar, algunas continúan así y otras comienzan a abrirse poco a poco. El resultado es que en algunos casos no han tenido ningún contagio, en otros sí, pero han logrado controlarlos. Algunas comunidades tomaron conciencia de su dependencia de la ciudad y del exterior, mientras que otras se descubrieron autosuficientes, pero en todos los casos sus habitantes regresaron con mayor convicción, tiempo y energía al campo. Las comunidades están reconstruyendo su propio tejido a partir de la autosuficiencia alimentaria, revalorizando la complejidad del sistema-Milpa, que no es solo un pedazo de tierra, sino una respuesta de todos los seres que lo habitan a la modernidad y su nocividad. En la pandemia, muchas comunidades se han vuelto para ver lo que son y siempre han sido.

La Guelaguetza es un buen ejemplo de la relación entre el racismo de las instituciones y la resistencia de los pueblos: el gobierno se ha apoderado de una tradición centenaria para transformarla en un negocio turístico y, sobre todo, en una herramienta de gobierno. “Oaxaca”, tanto como “México”, es una categoría arbitraria y funcional para el gobierno del territorio. El “carácter oaxaqueño”, la “cocina oaxaqueña” no existen, son categorías de gobierno, invenciones puras que homologan y catalogan simplificando la riqueza y diversidad de lxs habitantes del territorio. Cuando en 1928 el gobierno quiso inventar Oaxaca, lo hizo también y sobre todo apropiándose y distorsionando la Guelaguetza. Originalmente, la Guelaguetza era ese momento en el que, una vez al año, personas de diferentes comunidades se reunían en el cerro del Fortín en una celebración de intercambio y auto-celebración, donde el dinero y la economía monetaria no existían. El nombre, que cambia en las distintas lenguas indígenas, siempre expresa conceptos como “solidaridad”, “apoyo mutuo”, “tequio”. La verdadera Guelaguetza es el trabajo colectivo que construye el tejido que sostiene a la comunidad. El Espacio Estatal en Defensa del Maíz Nativo es otra afirmación de comunidad y autonomía, por lo que impulsa la iniciativa “la Guelaguetza en la vida cotidiana”.

Tenemos que re-aprender a escuchar.

Lxs zapatistas van a Europa principalmente para escuchar. Nos preguntamos, ¿qué significa para nosotros escuchar realmente? ¿Somos capaces no solo de sentir al otroa, sino también y sobre todo de estar dispuestos a ser transformadxs? Al contrario, ¿qué significa para nosotrxs no escuchar ni al Estado ni al Mercado? ¿Cuánto tiempo podemos sobrevivir sin comer nada de un supermercado? ¿En qué medida participamos en el racismo estructural, más peligroso, cuanto más inconsciente? Nuestra travesía también pasa de aquí, de lo que seremos capaces al menos de limitar nuestras necesidades para no ser cómplices del sistema dominante, de nuestro rechazo a las etiquetas y clasificaciones impuestas en función del color de la piel o del lugar de origen: son el cariño, el amor y la amistad las únicas categorías que importan. 

Necesitamos profundizar no sólo el racismo, sino toda la intersección de privilegios y opresiones que experimentamos en la vida cotidiana, aprendiendo a callar y escuchar cuando estamos en la posición ventajosa y a tomar espacio para la voz y la palabra en la situación contraria.

Incluso la autogestión es algo que debe cuestionarse continuamente, comenzando por la satisfacción autónoma de las necesidades básicas que tenemos en común. Pero, ¿cómo podemos reprimir las necesidades que nos atrapan en la adicción? Cómo lo están haciendo lxs zapatistas. Tomemos, por ejemplo, la salud, otro campo clave en esta contingencia pandémica. Lxs zapatistas y muchas comunidades autónomas están “sanando desde la salud”, desde la iatrogénesis de una institución médica que reproduce la enfermedad, privilegia el tratamiento farmacológico industrial y subestima la prevención. Los hospitales de Oaxaca tienen una tasa de mortalidad del 86% para los pacientes con covid-19: no es de extrañar que muchos digan “¡no, no voy al hospital, allá me van a matar!”. Cientos de comunidades han decidido cerrar y enfrentar la pandemia partiendo de lógicas distintas, inherentes a su propia forma de vida y sanación, desconectadas del sistema institucional de salud, pero conectadas a la Tierra. De hecho, en esta pandemia, nos hemos dado cuenta de los peligros inherentes a la distancia física, energética y espiritual de la tierra y los elementos que sustentan la vida. A partir de esta experiencia le hemos dado un nuevo valor a la tradición de los abuelos y abuelas y su medicina, hemos tenido la oportunidad de percibir cómo es posible habitar el cuerpo y el territorio de manera política y diferente.

La pandemia ha traído consigo mucha incertidumbre y mucho miedo, pero no debemos in-movilizarnos, al contrario, ¡debemos movilizarnos! Debemos tomar la salud en nuestras propias manos, comenzando por aprender el uso de plantas, tinturas y espacios de saneamiento colectivo como el temascal. También debemos aprovechar la tragedia para curar males sociales, como nos enseñan lxs compañeros de Cuatro Venados que, luego del ataque paramilitar que arrasó con todas las casas de la comunidad, comenzaron a reconstruir todo a partir de la casa de sanación comunitaria.¹

Estos retos son válidos tanto para el campo como para la ciudad, partiendo de un movimiento recíproco y paralelo entre los dos polos. El regreso al campo no debe prestarse a la exportación de la gentrificación urbana al campo, pero puede marcar un cambio en el sistema y paradigma en el que la autonomía se vuelve fundamental. La contraparte puede y debe ser la ruralización de la ciudad. La alianza desde abajo entre campesinos y ciudadanos también debe convertirse en un terreno fértil para el intercambio de productos y habilidades. Los ejemplos en esta dirección se están multiplicando en todo el mundo, desde la marcha por la comida en Colombia hasta los comedores populares en muchos rincones. Oaxaca no es una excepción, se trata de dar visibilidad a las experiencias existentes y multiplicarlas a partir del contagio de las ideas de autonomía y libertad.

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