Relatoría 9 de febrero 2022



En la conversación se dijo que quizás nos encontramos en un “Despertar alimenticio”.

Hay que preguntarnos enserio qué podemos comer. En general, muchas personas, particularmente en las ciudades, no pueden sino ir al supermercado. Incluso muchas prefieren esa comida empaquetada que sabemos enferma y mata. ¿Cómo poder abordar este tema sin que parece que estamos evangelizando en la dieta que todo mundo debería de comer? Pero el polo opuesto es terrible, como bajar de peso consumiendo pastillas.

Tenemos que tener muy presente que la alimentación no es solo la alimentación. Esta está atravesada de otras variables. Un compañero nos compartió los siguientes puntos: la alimentación tiene que ver con el ingreso, a veces como lo que puedo comprar; tiene que ver con el tipo de trabajo, tanto a nivel de ingreso como por el ritmo y qué alcanzo a comer o qué me dan de comer en trabajo; la comida necesita tiempo, para prepararse y más para conseguir los ingredientes… quienes no tienen tiempo terminan en la fast food; la comida siempre se da en un espacio, ¿dónde cocinamos?, ¿tenemos ese espacio?; hay una estrecha relación entre la alimentación y la salud, pueden ser un círculo vicioso o un círculo virtuoso, pero normalmente no se habla de ellos, hablan del cáncer como si fuera un meteorito que de pronto cae, pero tiene causas en su alimentación; la alimentación necesita de recursos y saberes, muchos de ellos no son accesibles para todos; hay un deseo de por medio, muchas veces ha sido “secuestrado”, como cuando hablamos de que “nos secuestraron el paladar”.

De estas reflexiones vino la pregunta: ¿necesitamos trabajo para comer bien o no será que el trabajo es lo que no nos deja comer bien? Esto se conecta con lo que hemos conversado en sesiones anteriores sobre la impronta de ir más allá del horizonte del trabajo. ¿Será que se relacionan? ¿Que la comida industrial es la otra cara del trabajo industrial y que para zafarnos de una habrá que zafarnos de la otra?

Queda claro que los Estados están metidos en esta guerra. Si bien las cifras de muertes en esta pandemia son importantes, nada comparado con la cantidad de muertes que tienen que ver con el envenenamiento que viene de los alimentos procesados. Un compañero nos compartió su reflexión de cuando vio un camión de Coca Cola que decía “camión de alimentos”, cuando debería de decir “camión de veneno”. El hecho de que ese camión tenga ese letrero y sea oficial, muestra que los Estados permiten este envenenamiento y lucran con él.

Lo que queremos buscar es la autonomía en todos los ámbitos de nuestra vida, en este caso la alimentaria. Para ello sería importante recuperar las historias detrás de los alimentos. Esto encierra mucho, por ejemplo, a quienes se le ha puesto normalmente a la cocina. Para muchas mujeres, ir más allá de los roles impuestos ha significado salirse de la cocina. Sería interesante repensar este “salirse de la cocina” como “liberación”.

Nos hablaron de dos sueños. La forma hegemónica que tenemos de comer hoy en día proviene de los ricos, del American Way of life o el American dream. Un sueño que es imposible. Al igual que el desarrollo, comer de esa manera no es viable para todos y proviene de muchas violencias. Comer bien en el sentido del American dream significa dos cosas: o comer sano, pero de forma elitista, o comer pura comida chatarra.

El otro sueño es mucho más factible, realista, gozoso y es para todas las personas. Producir nuestros propios alimentos es no solo posible sino una enorme alegría. Es, además, mucho más realista.

Volvemos al tema del trabajo. El tequio no es trabajo, en cambio es una resistencia. Recupera la dimensión sagrada de la comida. Si recuperamos esta forma gozosa de comer también aprendemos el arte de morir, al cual habría que dedicarle más tiempo en próximas sesiones.

Ilustración de Celini Celinski

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