Violencia, juventud y desdén.



Caminos de la autonomía bajo la tormenta, 6 de abril 2022.

A siete años de Ayotzinapa, se sigue esperando la justicia. La nueva evidencia reciente nos arroja un panorama aterrador, mostrando a un Estado que sabía con detalle lo que sucedió. Al saber esto, en muchxs de nosotrxs surge una gran rabia, una tremenda impotencia. Pero quizás no debemos quedarnos en la rabia. En su lugar, podríamos caminar en otras direcciones, desdibujando al Estado con nuestros procesos, cada quien desde sus modos y sus formas.

El Estado ha desmantelado a los movimientos estudiantiles de Guerrero poco a poco. Se ha infiltrado en sus filas y ha dispersado a los profesores a otros estados para debilitar sus redes. En el caso de Ayotzinapa, desde arriba solo ha surgido traición y mentira.

¿Cómo encontramos formas de detener estos procesos tan violentos? ¿Cómo dejamos de verlo como algo abstracto y lo transformamos en algo concreto? ¿Cómo podemos accionarnos desde nuestros modos, nuestras formas y nuestros dolores? ¿Cómo podemos hacerlo alegremente y con compasión?

Las infancias y la juventud parecen abandonadas, padres ausentes, buscando la subsistencia, les dejan a la merced de contextos violentos y  de los medios de comunicación. El contacto con la naturaleza cada vez se ve más limitado en las urbes, no hay tiempo para hacer algo, aparte de no hacer nada. La vida virtual de las redes sociales, asentada por la pandemia, se generaliza en la juventud, escape o cárcel, normalidad de la juventud. Desde ahí, nuestras juventudes, vulnerables y vulneradas, están propensas a una epidemia de drogas sintéticas que avanza a ritmos incontrolables.

Los adolescentes están buscando marcos de referencia, ¿dónde estamos los adultos? ¿Cómo podemos aprender a estar presentes? Hay una gran carencia de adultos cercanos para los jóvenes. Tienen gran interés por lo que pasa en el mundo, pero se encuentran completamente aislados.

Los trazos duros de la sociedad, nos muestran una sociedad adultocéntrica. Los jóvenes y las infancias tienen mucho que decirnos, pero no queremos escucharles: “los jóvenes estamos cuestionando las cosas, somos quienes pueden transformar a esta sociedad”. Los jóvenes cuestionan este mundo adultocéntrico, cuestionan el abandono, cuestionan el rechazo al cariño y al juego. La vejez es otra etapa  también es silenciada porque ya no consume, porque le estorba al sistema. A las ancianas se les despoja de las redes de vida, y a su vez, nos despojan de su presencia de esa red de vida. ¿Cómo sanamos estas redes de vida de las que somos parte?

Hay un déficit de escucha, hay un déficit de sobremesa en nuestros territorios. Buscando desesperadamente dinero para sobrevivir, el tiempo para la convivencia, para hablar y escucharnos, pareciera una inversión sin sentido, porque: ¿de qué hablamos?, si no tenemos que comer. Desposeídos de la tierra y de todo lo que han podido quitarnos, vagamos las ciudades haciendo todo tipo de trabajos sin sentido. Pagando con nuestra breve vida y la vida de nuestras infancias, todo por tener un espacio donde descansar y un taco para saciar el hambre.   

En este tiempo linear, no hay tiempo para el duelo, para hacer sentido de lo que vivimos y de lo que muere. Estamos en un despojo total, absoluto, integral, holístico. Debemos empezar a trabajar la tierra, conectarnos con otras cosas, hacer pequeñitas cosas con las que recuperemos la fuerza vital. Son necesarios pequeños trucos, porque nos está robando tiempo y energía, nos consume esta vorágine de despojo y violencia. Lo que es afuera, es adentro. Luchando contra otros, luchando contra enemigos, nos desgastamos. Algunas veces no es sabio luchar contra abstracciones, poniendo nuestra energía vital contra aquello que consideramos enemigo. El sufrimiento puede servir como herramienta para voltear a ver aquello que está mal, aquello de lo que nos debemos liberar. Es un imperativo vaciarnos de las abstracciones de muerte para liberarnos de las prácticas de muerte, y viceversa.

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